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El escribano

por Juan P. García

3:42 · Narrado por su autor

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Más allá de las montañas, después del bosque, en una torre alta, de más de doce pisos. Vivía el escribano. Un hombre que, gracias a su conocimiento de la historia y de la escritura, desarrollaba estos papiros con un deseo de archivar el pasado y, de alguna manera, predecir el futuro. Porque tenía una fórmula, y sabía que los humanos se equivocaban siempre de la misma manera, mismos errores, mismos deseos, mismas torpezas. Es por eso que, por años, escribió el pasado de los hombres, hasta que llegó al punto presente, y lo escribió, y lo describió y lo desarrolló, y, cuando había terminado. Siguió adelante.

Y con todo ese conocimiento acumulado, todas esas transcripciones y casos parecidos, similares, iguales. Tenía una idea de qué podía seguir. Y comenzó a escribir, y a escribir. Y empezó por la cabeza del reino. Comenzó a describir la historia del monarca en turno, y lo que iba a pasar en su mandato, y las decisiones que lo llevarían a cometer tal o cuál error que desembocaría en la siguiente guerra. Y acertó, se equivocó de enemigo, pero acertó en la guerra, y en las batallas subsecuentes, y en la victoria de los suyos. Pero, la desesperación, el dolor, la miseria arribó con toda la destrucción bélica. Y el hambre acabó con los más pobres, y poco a poco fue migrando a los de la mitad de la pirámide.

El sábía cuál era el siguiente resultado. Y siguió escribiendo. Y aunque había detalles que se le escapaban, y ciertas partes de la historia distintos a como en realidad sucedían, siempre acertaba en el resultado.

Fue así como se hizo el nombre. Aquel que escribía la historia del reino, pasado, presente y futuro. Y los reyes venideros pedían consejo, buscaban anticiparse antes de algún desastre, alguna guerra. Conocer los caminos o, si no existía salvación, conocer la derrota.

Como aquella vez, que se acercaba el ejercito del norte buscando venganza. El monarca en turno ya había destruído muchos pueblos, había saqueado aldeas. Su poder se incrementaba en la misma medida en que se multiplicaban las muertes.

Nieto de aquel rey que sobrevivió la primera guerra y la sequía que mencionamos en el inicio de esta historia. Éste era peor. Lleno de avaricia, deseo de más poder, sacrificaba a su pueblo con tal de seguir acumulando territorio y riquezas.

Y así, por segunda vez en su mandato, se acercó a la torre. Llevado por su grupo de guardias, subió. Encontró al hombre envejecido, escribiendo los pormenores del mes, de la semana, del día, de la última hora:

“Y entonces se acercó el rey a pedir consejo del escribano. Y éste, tuvo que serle sincero…”

—Me he quedado sin palabras, señor. Ya no puedo ver lo que sucederá. Las últimas de mis páginas, se han quedado en blanco. Lo que falta, tendrá que saberse con el tiempo. No con mi escritura.

El rey. Sumido en la desesperación, llamó a sus guardias. Amenazó con matarlo si no le daba la respuesta.

—Habla o te cortarán la cabeza, ya no me sirves para nada.

En silencio, el escribano recibe su sentencia. El hacha cae entre sus hombros. La cabeza, rueda en el suelo con los últimos papeles:

“El odio que el sentía por aquel monarca era más grande que su amor por las palabras. Había decidido su destino. Su cabeza, debía rodar en el mismo suelo en el que había comenzado su trabajo hace decenas de años…”

Fin.

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