Destellos
por Juan P. García
Dale play y el texto se va llenando con su voz. Toca cualquier palabra para escucharla desde ahí.
“En Tárapa no anochece nunca.”
Con esas palabras Antonio iba a la cama, y el sol, en su punto más alto.
Había crecido con las historias de su abuelo por parte de su madre. Quien lo crío, prácticamente; ya que su padre lo abandonó, y ella debía trabajar todo el día para sustentar el hogar.
Y en esta crianza estaban inmersas las historias sobre la noche de Tárapa, el pequeño pueblo donde vivían. La noche y cómo, poco a poco fue desapareciendo.
Y su abuelo Manuel, le contaba:
“Antes, todo el pueblo se organizaba, cada hogar, cada familia reunía unas cuantas monedas y las guardaba, monedas de plata, parte de su salario. Entonces, cuando todos teníamos mas o menos la misma cantidad, las llevábamos al pozo del centro, ahí, frente a la posada de Don Joaquín. Casi todos lograban juntarla en una época parecida cada año, ya que casi todos ganábamos lo mismo; la mayoría éramos asalariados de la fábrica. Entonces sí, lo mismo. Pero bueno, en fin; llevábamos estas bolsas de monedas, nos reuníamos alrededor del pozo y las lanzábamos, esperando que llegará la noche.”
¿Sólo una vez en el año? Preguntaba Antonio.
“Sólo una vez, no nos alcanzaba para más. Pero era bellísima muchacho, las estrellas, la luna, el cielo de un azul marino, marino casi negro, morado. Ver cómo el sol se esfumaba por las montañas y aparecía su contraparte nocturna a nuestras espaldas, pura magia Toño.”
Después, dejó de pasar; la fábrica tuvo que cerrar, los trabajos pagaban menos y la gente, teniendo que ver por ellos y sus familias, dejaron de guardar estas monedas. La noche dejó de existir y Tárapa se olvidó de ella.
Antonio juró verla algún día, más bien, alguna noche.
El tiempo pasó. La vida siguió, el joven creció, su abuelo, falleció debido a una enfermedad que no entendieron, la vejez. Y Antonio se enamoró. Decidió comenzar una familia, dejó la escuela y empezó a trabajar como aprendiz de ganadero, jornadas de doce, trece, catorce horas. Necesitaba el dinero, su esposa estaba esperando.
Por años trabajó sin parar, llevaba la comida al hogar y trataba de pagar lo más posible de las cuentas pendientes. Y así, pasaron los años.
Un día, de esos en los que celebraban un aniversario. Antonio le pidió a su madre cuidar de la bebé. Iba a llevar a cenar a su mujer a un lugar espléndido, tenía algo ahorrado y quería aprovecharlo en esta oportunidad.
Se acicalaron, se vistieron y fueron al centro del pueblo; ahí, cerca de la posada de Don Joaquín.
—Espera, mira este pozo. ¿Ya lo habías visto antes?- pregunta Antonio con las manos en su morral, sacando una bolsa mas pequeña, de tela café.
—Si, pero nunca me había detenido. - Ella, sonríe, expectante.
—Ten, lánzalas.
—Pero, es el sueldo de un año Toño. Podemos hacer muchísimo con esto.- miraba sorprendida las monedas. —¿cuanto es?
—Son cuarenta y siete monedas de plata. Lánzalas al pozo, hazme caso.
Fueron a sentarse a una pradera que quedaba cerca del pueblo. Miraron el sol, cómo se metía entre las montañas. El cielo, oscureciendo poco a poco, azul, naranja, rosado, negro.
Salió la luna, aparecieron las estrellas.
—¿Qué son esos destellos, Toño?
—Son estrellas. ¿Cuántas puedes ver?— sonriendo.
—Cuento cuarenta y siete estrellas.
Fin.
Siguiente cuento