El valor
por Juan P. García
Dale play y el texto se va llenando con su voz. Toca cualquier palabra para escucharla desde ahí.
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Enrique recordaba la misma frase que le leía a su hermano cuando tenía 14 años. Hablando de disciplina y valor, de la importancia de jalar el gatillo. De la contrarevolución, de atacar al régimen socialista que había deteriorado a su país poco a poco. “No mas, Carlitos. Si esta novela llegó a nuestras manos fue gracias a que todavía existe algo de libertad en este país de jodidos.” Y sí, les llegó por un amigo de sus padres, una novela que estaba en circulación porque pegaba durísimo en Latinoamérica, el autor, un tal Gabo. Fue la única vez que escucho de él, pero devoró el libro, se lo leyó a su hermano, le inculcaba la importancia del valor, de la disciplina y, sobre todo, de la obediencia. “Obedece a tus superiores, Carlitos, ellos van a saber qué hacer y porqué hacerlo.” Mientras le preparaba un emparedado con caca de perro; porque quería a su hermano, pero a veces era medio cabrón. Cosas de niños.
En fin.
Se encontraba frente un auténtico pelotón de fusilamiento, y la frase le rondaba por la cabeza una, y otra, y otra vez. Y su hermano; y las lecciones, y el amor que le tenía. Y quería encontrar el momento en que todo se jodió. Las ideas de sabotaje, los actos terroristas, las muertes, la extorsión. ¿En qué momento se había tornado todo de cabeza?
Había un pelotón de fusilamiento. Sólo que no había un Melquiades, esta historia no continuaba con conocer, ni reconocer un cubo de hielo, no existían las hormigas, no había un árbol genealógico de generaciones por décadas. Sólo estaba él, los cinco muchachos preparados para quitarle la vida sin chistar, y sus recuerdos.
¿Qué habrá pasado con Carlitos? Se distanciaron. Se odiaron por sus ideas tan separadas. Uno en contra, otro a favor, uno por el barbón, el otro, que desaparezca. Carlitos, eres un idiota, pero cómo te quería.
En fin.
Cinco muchachos preparados para disparar, él, con las manos en la espalda, ellos: uno alto con bigote, otro gordo bien moreno, un chaparrito de ojos claros y, casi en el último puesto. ¿Carlitos?
Fin.
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