Memorias
por Juan P. García
Dale play y el texto se va llenando con su voz. Toca cualquier palabra para escucharla desde ahí.
Y así, a sus 73 años, se quedó sólo.
No era joven, claramente, pero todavía le quedaba algo de tiempo, de goce y de vida. Sin embargo, ella murió. Cuatro meses duró desde que le diagnosticaron la enfermedad, cuatro meses desde que recibieron la noticia, que comenzaron a planear, a revisar qué seguía, porque ni de chiste ella se iba a someter a un tratamiento a sus 72 años. Quería vivir lo poco que le quedaba con él. Y reír, y conocer lo que les faltaba, y aprender un poco más sobre el otro antes de irse. Y sin darse cuenta, se fue desvaneciendo en la cama, la enfermedad succionaba poco a poco su vida y sus ganas de vivir, pero la sonrisa persistía, las palabras de aliento, el amor por su marido: “No te rindas a la vida, Manuel, todavía te queda un poco antes de reunirte conmigo; has todo aquello que no pudiste porque me cuidabas, porque te preocupabas por mí, o por tus hijos, vive, viaja, conoce, no pares hasta que tu corazón se detenga.”
Recordaba estas últimas palabras, mientras se secaba las lágrimas de la cara. Su esposa de casi 50 años. Más tiempo había pasado con ella que sólo en el mundo. No conocía la vida sin ella, sin su rutina con ella, sin su sonrisa al amanecer, sin sus ojitos cansados al anochecer. Mirarla preparar el café y el desayuno antes de partir al trabajo, verla reprimir a sus hijos por alguna travesura, siempre con cariño, delicadeza y un amor inacabable. Cecilia, qué voy a hacer sin ti.
Las primeras semanas fueron las más difíciles, intentó comenzar una nueva rutina que le ocupara la cabeza: se despertaba mucho más temprano, tomaba un desayuno ligero, con un café malo (nunca aprendió la receta de su mujer, una delicia), iba al club a nadar alrededor de 40 minutos y después, se metía al vapor, buscaba un poco de conversación con los que entraban, aunque, tímido, le echaba ganas por lograr esas palabras, las únicas que tenía con alguien más, lo que transcurría del día, eran monosílabos con el servicio del club o de su hogar.
Cómo la extrañaba.
De pronto, revisando su correo, encontró una carta de lo que parecía una antigua compañera de la universidad, no recordaba su nombre pero la carta le divirtió, le dijo que lo buscaba porque sabía que enviudó, a ella le había pasado tres años atrás y quería aminorarle la carga con algunas palabras. Sabía que este peso sin compañía podía ser insoportable, y no necesitaba respuesta, sólo quería distraerlo.
Así pasaron los días, las semanas, los meses. Él, esperando las cartas de su ex compañera. No respondía pero las leía con avidez y diversión, muchas cosas que él pensaba, ella las expresaba: “es chistoso ver las historias personales de los comediantes, en público son divertidísimos, pero sus vidas privadas están llenas de corajes, odio y depresión, quien los entiende…” e ideas similares que automáticamente le recordaban sus conversaciones con Cecilia.
Llegó el momento en el que quiso responder, mantener una conversación, y de alguna manera, una relación amistosa. Pero cuando envió la carta, esa misma noche, recibió una que parecía la última. La abrió desesperadamente:
“Manuel, yo sabía que la vida iba ser muy dura cuando me fuera porque para mi hubiera sido insoportable. Siempre apostábamos en quien se iría antes, y te digo con todo mi corazón, que yo no hubiera aguantado una hora sin ti. Es por eso que preparé estas cartas utilizando otro nombre, otro personaje. Quería acompañarte un rato más, aunque fuera desde la tumba, y tal vez, te parezca un poco macabro. Pero de alguna manera, y espero que así haya sido, te volviste a enamorar de mí.
Te conozco perfecto, mi alma, y sabía lo que necesitabas. Te voy a amar siempre. Espero que este pequeño experimento haya funcionado para aligerarte la carga.
Con todo mi amor.
— Cecilia, por siempre, tuya.
Fin.
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